Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

mayo 07, 2026

Resurrección – La segunda sinfonía de Mahler

 
Resurrección – La segunda sinfonía de Mahler

Luis Fernando Gutiérrez Cardona


No sé por qué, pero esta mañana, quise escuchar completa la Resurrección, de Mahler.
Sin ver la orquesta.
La imagen distrae, divide, contamina.
El sonido puro, como cuando muchacho me metía a la biblioteca del colegio a oír el equipo que nadie usaba porque había que cuidarlo.
 
Escuchaba sin saber qué escuchaba.
No había guía.
Nadie explicaba nada.
El hermano rector —un paisa afrancesado, culto, raro para ese mundo— un, viendome rondar, dijo:
“Tome la llave. Siga. Escuche.” A la policía del espacio no le pareción bien.
 
En casa  hoy apuntan:
“Si no ponen música, Nano pone la de él”.
Y río.
Porque es cierto: pongo la de “él”.
 
Había un tercero, hoy, que no estaba en la sala, pero que escuchaba conmigo.
Para compartir y caminar al mismo ritmo.
Señaló que ese primer golpe de percusión no es violencia sino apertura;
Que la marcha no es triunfo sino levantarse;
Que la flauta sola es un alma que se asoma;
Que el coro que entra como un murmullo es la humanidad despertando;
Que la campana no es un golpe, sino una señal, como si alguien tocara una puerta que no es de este mundo.
Lo hizo esperando mi voz, sin anticiparse.
 
Mahler no es fácil. Vuelvo al Adagietto de la Quinta como quien vuelve a casa; esta mañana quedó claro que la Segunda no es un monumento sino un camino. Hay que abrirse al escuchar sin miedo, sin prevención, sin pretensión, atento a lo que la piel dice.
 
La música en ella es como un oleaje:
Ondas que respiran, voces que se integran, la mezzo que confiesa, la soprano que se eleva, el coro que se vuelve cuerpo, la orquesta abierta al cielo.
Con los ojos cerrados, algo se alinea entre la memoria, el oído y ese amigo que acompaña sin ocupar espacio. Cuando los abría, decía —sin exigir—:
“Ciérrelos.”
 
Como si el texto del coro se volviera respiración, quedó claro que nada se pierde, que lo amado permanece, que la muerte no es cierre, que lo que muere se transforma, que el temblor es antesala de la apertura, que la vida tiene un fondo indestructible y que la resurrección no es dogma, sino destino.
 
De los que no se buscan. De los que el viento conserva.
 
Y sí:
Si no cambian la música, Nano pone la de él.
La que lo acompaña.
La que queda.
La que el viento conserva.

 


 


 

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