Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Que me olviden los dioses,
eso quiero...
F. Pessoa
Pienso entonces en una carriola de metal, con un soporte de bolas de colores para las manitos, una pequeña bandeja y ruedas libres en que mi padre montó todos los hijos que pudo tener en veinte años. Pienso en un caballo de palo, solo el palo de una escoba de dos que habría en casa por mucho tiempo porque las escobas se encababan y no tenían fin. Pienso en un caballo de palo este si con cabeza de caballo colorado comprado en la tienda de don Bernardo González al pasar la calle, plenamente deseado. Las había con pelo y riendas, pero esta, ay, era de caucho y las riendas dos cabuyas. Pienso en los corozos que de cuando en vez llegaban de la finca del abuelo o vendían en la esquina, por casas de cinco, a precio inalcanzable pues éramos ricos pero en sueños. Pienso en el balón de cuero de mi hermano mayor cosido y vuelto a coser en la zapatería de don Francisco Zuluaga debajo de la casa, con aguja capotera e hilos de tripa de gato encerados que tenía dentro una bomba amarilla con pitillo que se rompía en los alambrados y parchaban con solución de caucho por allá en la plazuela. Mientras, los demás teniamos pelotas de caucho con números en relieve. Pienso en su bicicleta verde con frenos de contrapedal. Pienso en los juegos de lotería con cartones de las que tuvimos veinte el día de la primera comunión; en las bolas de porcelana blancas que enviaba la tia y acababan roñosas frente a las de vidrio multicolor de niños más afortunados. Pienso que aprendí a escribir en una pizarra con un gis que chirriaba y descomponía los dientes, y a leer en la cartilla Alegría de Leer que tenía, sin cuestionarlo, el cuento de Caperucita y las fábulas que no he olvidado como aquella del zorro y las uvas. Claro, también el de José arrojado a un pozo por soñador. Pienso en mis hermanos con sus carros de madera falda abajo y el policía que los perseguía. En los trompos ajenos, las gafas rotas, las ruedas de llanta llevadas con un palito, las tapas de gaseosa rellenas con tierra para darles peso y jugar con ellas al pipo y cuarta, o aplastadas para usarlas como cascabeles. Pienso en las vueltas a Colombia labradas en barrancos, en los paseos al Bosque, a San José o a Piamonte donde mi padre cazó un tigre, yo lo ví hacerlo, tomándolo desde la boca por la cola y dándole la vuelta. Pienso que alguna vez tuve una patineta no del todo mía. Yo pienso en haber crecido de una vez, en un solo golpe extraño de un día cualquiera antes del medio día y no haber sido niño nunca más después de ello; si antes lo fui fue por muy poco. Pienso muchas cosas. Pienso que he vivido y que un hombre debería tener una pequeña repisa en qué poner esos objetos que ama y que, llegado el día o la noche, lo arrojen todo conjuntamente con él al fuego en la esperanza de renacer olla de barro, ladrillo o cualquier cosa en manos de los alfareros o triturado, molido, movido, apelmazado, arrastrado, transformado por alguna máquina. Eso pienso y hay quienes, de verdad, creen que no pienso y preguntan: ¿de dónde sacaste esto? Como si mi corazón no hablase.

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