Nunca hay una situación lo suficientemente mala. Siempre puede ser peor. No tenían mucha relación esas palabras con las que dijo a continuación. Sin amargura aparente, sin entusiasmo, solamente fue dejándolas caer. No parecía padecer de tristeza ni de nostalgia. Hace un tiempo, dijo, cada frase, cada palabra, cada mensaje era un acierto. Podía contener una palabra, por ejemplo "tu", y en ella se encerraba todo, o contener mil, que nunca eran tantas porque los escudriñaba para suprimir las redundancias, las reiteraciones y tantos adjetivos como fuera posible. En todo caso daba en la diana, no faltaba nada, no sobraba nada. El buenos días tenia la simple calidez de la ternura. El hasta mañana significaba estaré despierto para ti. Un cómo estás no equivalía a un dardo envenenado.
Una noche rondaron los demonios de la ambición, los del presentimiento, un día las palabras tuvieron retorno de reclamo que fue creciendo, y las mías, iguales, se perdían en refutaciones soterradas y abiertos desafíos.. Decrecieron mis propuestas que nunca enfrentaron las suyas. Aun así cada cosa era como golpear una pelota contra un muro, todo rebotaba sin que hubiese manera de mantenerla en el aire. Hoy no acierto una. Tampoco acierto con lo que no digo. Cuando me atrevo, continuó, tomo las precauciones, escojo las palabras, su cadencia, su validez como respuesta. Prendo el dispositivo que permite arrepentirse en los dos segundos posteriores al envío, frecuentemente lo hago. Y fracaso.
No es que no lo entienda: vierto sobre un recipiente lleno o sobre algo que no es un recipiente. Pero cuando digo adiós tampoco me lo aceptan.
Es la vida, concluyó, cerró su computador, se echó a la espalda su morral y desapareció entre los transeúntes.
Es la vida, concluí.
§
No hay comentarios.:
Publicar un comentario