Una de las fuentes de la inspiración humana, y divina por necesidad, ha sido el intercambio de mensajes en sus diversas formas. Desde las voces de todos los dioses a través de ángeles y truenos; del ¡Hágase! que vino después de hechos los cielos y la tierra. De las pinturas rupestres que bien pudieron ser mensajes entre nómadas, pasando por todos los medios, a las señales de humo, a los rollos, las postas, los télex, a los bits que son lo que son hoy nada gaseosos.
Precauteladas, se supone, por la intimidad; carentes de más protección que la confianza, las cartas llevaban y traían ideas e imágenes. La desnudez del alma, y del cuerpo, cuidada por la confidencialidad; la confesión íntima por la seguridad asumida; el error por la contradicción amable y razonada o furiosa y desangelada. Al escribirlas, a veces al responderlas, nos hacemos iguales, nos reconocemos humanos.
Yo te quise querer para ello y para incurrir en la bobería de que es bello entre tanta gente, tanto mundo y tanto espacio, coincidir. Se da o no, haciéndose necedad en este caso. Necio, con frecuencia fracaso. Aunque en tiempos en que no hay garantía de que el otro exista bien puede ser que esa humanidad tampoco, por sustracción de materia. Tampoco hay sobres, ni carteros, ni sellos de correo, ni palomas oficiosas. Pero hay, eso si, mucho viento.
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