Despierto. Son, en punto, las tres de la mañana. Divago. Observo que hay grietas en la muralla, que algunos sectores empiezan a desmoronarse, que ciertos torreones al ser atacados ya no son tan sólidos, que algunos de sus componentes, fatigados, son ya presa de los vientos. La llamada realidad se concentra en el fracaso admitido tras veinte años de una lucha que ni siquiera tuvo que emprenderse. Miles de vidas y recursos desperdiciados en sangre y nada más que sangre. El jefe lo justifica en una frase tan simple como profunda: el dilema es irnos o quedarnos. Allí no hay nada importante para nosotros, entonces nos vamos. Los trecientos millones de dólares gastados diariamente en la aventura, el trillón de su duración, que no sirvieron de nada a la humanidad, balas y humo. Divago. ... Incurro en alguna página de la red. Todo está lleno de selfis que se hace la gente por necesidad de llenar su soledad de sí mismos y hacerla aún más sola. ... El aire está invadido de ofertas de cosas que no necesito o que ya tengo, pero necesito y quiero tener sin necesitar y sin querer. Me conducen, me dirigen, me fuerzan la mente. ... La tierra, lo que antes llamábamos el mundo y ahora despectivamente el planeta o, más despectivamente todavía, la roca, es un socavón de materiales que inmensas máquinas llevan de un lugar a otro. Lavan la tierra para sacarles chispas brillantes, bisutería inútil. Los mares un vertedero de porquerías. ... Tengo diez tareas que hacer al levantarme, sin contar con las que se sueltan de improviso… ¿qué es todo esto? ... El cuerpo se niega a obedecer, ha tomado su camino definitivo de deterioro desprendido de la mente que vuela y divaga. ... Intento ser feliz, busco descartar alguna cosa de mi lista de pendientes aunque ella también se hace carga. ... Intento ser feliz, evoco momentos que lo fueron pero las diversas capas del vivir se superponen. ... Me abrazo a la almohada reteniendo aquello que me importa y la memoria ajena deteriora.
Cierro entonces esta página, tengo que alcanzar un sueño.
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