Te encuentras en un lugar que hace tiempo no miras una libreta electrónica de las primeras, y una de aquellas con pastas de cuero, con tu nombre grabado, muy costosa que por eso no desechaste, con notas de afán, citas, y nombres. Y te encuentras también -doblado, amarillento- un papel entre ella que dice con tu letra: 'POBLACIÓN - Herida de hallar entre papeles destruibles una agenda remota: archivo muerto de los muertos, necrópolis de las ausencias y los afectos perdidos. La deshabitan personas de otras épocas y otros lugares. Unas cuantas siguen aquí a la distancia de algunas calles, un número telefónico o una dirección de Internet pero en sitios que no volveré a ver, recintos adonde no hay retorno posible. Entre tanta destrucción queda una parte edificante. En el zafarrancho general de la vida, en la guerra perpetua y la separación interminable, sobreviven, y nada puede ya borrarlos, el segundo de amor, el minuto de acuerdo, el instante de amistad. Basta para vivir agradecidos con esos nombres que no volveremos nunca a pronunciar.'
El año de la agenda está como en la mitad de la vida. ¡Tantos hechos y nombres y teléfonos en desuso! ¿Por qué copié aquello de un libro de José Emilio Pacheco que no sé si tengo aún pero recuerdo haber comprado en una de esas grandes librerías que había en los aeropuertos?Volteo y pregunto ¿qué hago con esto? Es basura eso tan viejo, me responden. "Ah!", replicó, comprendiéndome.
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