Los equipos de fútbol tienen dueños. Pobres tipos. Por pasión o por negocio esas personas los crean o compran y se meten en horrendo calvario denigrados diaria y nochemente por quienes de ellos se alimentan porque del primero para atrás todos son cola y de la derrota de uno resulta el triunfo del otro. Se trata de hablar y hablar y hablar. Muchísimas personas viven de ello, desde la grandes empresas de TV a los periodistas y los vendedores de cualquier cosa dentro y fuera del estadio. Los hinchas enardecidos que tienen que ser pagados o subsidiados por el equipo-empresa, acabaron siendo soporte o carga, y descubrieron el poder político mediante el voto en masa para ser protegidos por alcaldes y demás especímenes que se sirven de ellos. Llamarse Holocausto es ya una seña. Acaben, roben, destruyan, fue la consigna obedecida en Medellín estos dias. Las barras bravas son ovejas de un rebaño que alguien guía. Como residente cercano del estadio no puedo comprender que cada partido sea una actividad de alto riesgo, que desde horas antes decenas de policías, incluidas las que debieran ser temibles unidades de reacción hoy rey de burlas, tomen posiciones y bloqueen el sector cerrando las calles y dificultando, a veces imposibilitando, el acceso al hogar. ¡Hay partido... qué miedo, salgamos rápido de acá! Los jugadores, como personas, parecieran no tener algo en el alma salvo el desbordado afán de dinero que algunos mostraron estos días no con goles, sino con comportamientos de delincuencia. La paz total no puede ser y no será otra cosa que la suma de la individual y todo muestra que no se está para ello a nivel del desprecio social total incluso como espectador en un estadio.

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