Por alguna razón pienso hoy en las veces que he estado en un quirófano. Solo repaso como ha sido para mí. Existe el miedo asociado que en ningún momento sentí. Ingresé sin síntomas específicos ni dolores ni urgencias por un riesgo en potencia. Debían hacer algo antes de que se agravara. Dormí en casa, me citaron a las seis de la mañana, llegué puntual al hospital. Sin despedidas dramáticas, con un abrazo de quienes me acompañaban -el proceso era importante- traspasé la puerta. Me cambié a la ropa hospitalaria, colocaron una vía en el brazo y minutos después en camilla me llevaron al lado de la mesa de operaciones. Una hora después el anestesiólogo llegó. Me puse por mis propios medios bajo la lámpara, respondí algunas preguntas, la temperatura ambiente era muy baja, radio con música ordinaria, la máscara y hasta luego. Despertar fue más traumático pues al grito ¡Abra los ojos, despierte! sentía mucho dolor. Lo solucionaron y me supe luego en cuidados intensivos. Este lugar es otra historia. Tras unos días, cuando se creía que todo iba bien, pues no era así y regresé no recuerdo cuántas veces al quirófano. Sin emoción, sin preocupación, sin miedo de morir aunque se ve y siente la muerte al otro lado de los biombos. El cirujano pasó días después a verme. Apenas si supe su apellido. No fue amable para nada. Muchos hacen parte de un equipo en esas circunstancias. Objeto de la ciencia, no se es persona. Impresiona lo que saben y su técnica cuando se lee sobre lo que hacen. No surgen, aunque uno quiera por la intensidad del evento, nexos de ninguna especie. De regresar donde los mismos -el día llegará- partiríamos de ceros: un nuevo paciente, un paciente más, una historia en el sistema.
Volví a casa tan bien como se puede. Fue grande lo hecho y algunas secuelas quedaron.
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