Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

abril 03, 2023

El campo de deporte





Foto tomada de Internet

Al ver esta fotografía no pienso en las personas, que también pero no recuerdo el nombre de algunas. Pienso en lo que llamábamos el campo de deporte especialmente en la portería. El travesaño era una guadua no siempre recta apoyada en dos horquetas de cualquier árbol que tampoco eran muy durables, que, al pudrirse por la humedad se caía en medio del partido cuando un pata brava, caregallo usualmente, estrellaba contra ella la pelota que como era de cuero crudo al absorber agua se ponía pesadísima y pasaba de balón a proyectil. La caida era dramática porque estaba llena de agua. Los espectadores en el borde del barranco, costado occidental de la cancha, que jugaba cual raquetball o no dependiendo del partido. Los otros tres costados eran tremendas lomas. El del norte iba a la quebrada del centro -alcantarilla municipal rodeada de plantas y pantanos malolientes; el del sur a las marraneras de los hermanos y el oriental a un potrero que llevaba al río. Por todos ellos, por tanto, el balón acababa enmierdado lo menos grave si era de boñiga o cagajón, que diferencia había. "El que la bote va por ella", era la regla no escrita -que no aplicaba si era por un gol caso en el cual le tocaba al portero- pero los poderosos llevaban quien hiciera la vuelta. Y había que esperar, porque a veces solo había un balón. El árbitro calculaba el tiempo por el sol ya que los que tenían reloj eran poquitos y no lo prestaban; alguien podría llevarlo desde la altura y hacer señas. Eventualmente John M. tenía sus propios travesaños que hacia instalar y se llevaba al terminar el partido que tambien podia acabar por el aguacero o porque, no era raro, la neblina no dejaban ver. Alguien entre los que miraban, si el tiempo ayudaba, llevaba una caja de cerveza, a veces vendían empanadas. Los jugadores llegaban con traje de ejercer, algunos rastrillando guayos contra el pavimento o el empedrado; al salír desfilaban embarrados por las calles o subían en hombros amigos a que los sobara Toñito González. Sorprende el arquero -no me gustan los sobrenombres pero a carencia de memoria le diré chorizo o pedoza- porque no cumplía los parámetros de Lev Yashin el icónico a quien Colombia le metió no se si cuatro o cinco goles. Era delgado y pequeño pero volaba -no solo tapando. Oscar Eduardo a veces fungía de tal, pues no era un puesto que la gente se peleara. ¿Quién de la época no fue a ver al Real Juventud en el que jugaron Carlos Fernando y Huberto y James? Ahora recuerdo cuando los partidos no se dieron o se aplazaron porque caregallo no aparecía, o aparecía tarde en tremenda camioneta blanca y azul (¿o  era verde?) que dejaba en el lote que fue luego una escuela: ¡que lo esperen que ya pasó por la La Rioja! 

Y que perdonen la parrafada, que es solo para los sobrevivientes.


 




 

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