Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

enero 15, 2026

El Uróboro de la Gestión: La Ilusión del Salario y las Leyes de la Escasez

 


Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


La máxima de que “todo lo que la economía paga en salarios se devuelve a ella misma” ha operado durante décadas como un dogma de fe en la retórica política. Inspirada en una lectura parcial de la noción de capital circulante de Adam Smith, sugiere un flujo virtuoso donde el gasto salarial alimenta automáticamente la demanda. Sin embargo, esta formulación —más cercana a una consigna que a la teoría original— presupone condiciones que rara vez existen en la economía real de la pequeña empresa colombiana. Allí, el círculo virtuoso degenera en un Uróboro: una serpiente que, al intentar alimentarse de su propia cola, termina devorando el tejido que la sostiene.

El primer quiebre aparece cuando el aumento salarial se utiliza como un “comodín político”. Este destello nominal ignora que incluso las políticas de estímulo más heterodoxas parten de una condición básica: la existencia de capacidad productiva ociosa. En economías sanas, el trabajador puede consumir más porque antes produjo más riqueza, o porque existe margen real para expandir la oferta. Cuando el aumento es decretado y supera la productividad —en contextos donde la producción ya opera cerca de su límite— se produce un cortocircuito: el trabajador recibe más billetes, pero la oferta de bienes no crece. No importa cuántos ceros tenga el cheque; si la producción real está estancada, el esfuerzo humano necesario para adquirir un bien se multiplica. La inflación no es entonces una abstracción macroeconómica, sino una experiencia cotidiana de empobrecimiento relativo.

Aquí reaparece, de forma incómoda pero pertinente, la intuición central de la Ley de Say: la demanda no puede sostenerse indefinidamente sin una base productiva previa. No se trata de negar el papel de la demanda, sino de advertir que, cuando esta es forzada en ausencia de creación real de valor, el ajuste no desaparece: se desplaza. Y suele hacerlo hacia los márgenes más frágiles del sistema.

Para el pequeño empresario, esta distorsión activa un dilema que la teoría suele subestimar. La ley de Kaldor-Verdoorn vincula empíricamente el crecimiento de la producción con el aumento de la productividad: una mayor demanda debería inducir eficiencia. Pero esta relación se verifica sobre todo en economías industriales, con escalas crecientes, acceso a financiamiento y horizontes de inversión largos. En nuestro contexto de rebusque, informalidad latente y empresas de uno a diez trabajadores, la demanda es volátil y el costo laboral es rígido. El empresario no percibe un incentivo para volverse más productivo, sino un costo que debe canibalizar.

Es aquí donde el rigor económico choca con la humanidad. En la microempresa, el aumento de unos se paga con la supresión de otros. La alternativa es una forma de ineficiencia ética: mantener puestos que la automatización o la reorganización ya podrían haber reemplazado, subsidiando la paz social desde la utilidad del propietario. Lejos de la caricatura del explotador, el pequeño empresario actúa muchas veces como amortiguador social, asumiendo pérdidas silenciosas para evitar el conflicto o la disolución del vínculo humano inmediato.

Esta fragilidad se agrava por una falla estructural más profunda: la concepción de la empresa como patrimonio inalienable —“es mía, no para compartirla”. Al rechazar el capitalismo de mercados de capitales, donde se cede propiedad a cambio de inversión y escala, el empresario queda atrapado en su propia capacidad de generación de caja. La subvaloración de activos no es entonces un error contable, sino una estrategia defensiva. Si mostrar el valor real de la empresa atrae la voracidad del fisco o del comodín salarial, la racionalidad empuja hacia la opacidad y el enanismo productivo.

Cuando la presión del Uróboro se vuelve insoportable, la salida es el retiro: “ni pa’ Dios ni pa’ sus santos”. El cierre de estas empresas, o su desplazamiento hacia la informalidad, confirma que el mercado laboral siempre termina autocorrigiéndose, pero rara vez lo hace de manera virtuosa. El ajuste ocurre destruyendo capital social, conocimiento acumulado y trayectorias productivas que tardaron años en formarse.

Forzar la prosperidad mediante decretos, sin comprender que la riqueza nace de la producción y no del signo monetario, conduce a un estado de anemia permanente. El brillo efímero del aumento salarial apenas logra ocultar una realidad cada vez más precaria, donde el sistema se consume a sí mismo mientras finge avanzar.




 

 

No hay comentarios.: