Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

enero 12, 2026

De los pies descalzos y del desacato


“Bajo el asfalto se mueren el limo y la arena, de pena. En su vientre han sembrado hierro y cosechan piedras.” Escucho en mi interior la canción de J. M. Serrat

La ciudad no toca la tierra: la cubre. Como se cubre la piel, como se cubre la memoria. Andar descalzo es sospechoso.

En Oriente, los pies de Buda guardan el mapa del cosmos: huellas que contienen montañas, flores, ruedas, signos del camino. La iluminación no flota: camina.

En Occidente, los pies de Cristo son martirio: perforados, sangrantes, detenidos, fijados con fierros al madero. Dos imaginarios sin forma de encontrarse.

Leonardo decía que el pie es la obra de ingeniería más portentosa de la naturaleza. Arcos, tensiones, palancas, equilibrio: un puente entre lo que somos y el suelo que nos sostiene. Y aun así lo ocultamos bajo capas de caucho, tela y pudor.

La modernidad teme el contacto porque el contacto iguala. El calzado es símbolo de control; el pie desnudo, recordatorio de que no todo se controla.

Hay erotismo en el pie desnudo: no por la exhibición, sino por la forma en que la piel despierta. Una sensualidad primera, inocente, que incomoda porque recuerda que el cuerpo siente antes de pensar.

Caminar descalzo bajo la lluvia atrae miradas de reproche. No por el riesgo —¿y si pisas lo que dejan las palomas?, ¿y si resbalas?— sino porque rompe un pacto tácito pero impuesto: la piel debe estar escondida, amortiguada, resguardada.

Como si la suciedad fuera una afrenta y no parte del ciclo.

Como si el agua no fuese barro en potencia.

Como si el barro no fuese nuestro origen.

Ayer, en el recinto del pensamiento vacío, la lluvia afinó el alma. Un verde total. El prado empapado no era paisaje: era interlocutor. Caminar descalzo no fue un desafío, sino una restitución. Un regreso a la tierra ahora cubierta de miedo. Canela lo entendió. Apenas tocó el prado, la alegría le estalló como si el verde la llamara por su nombre. Corrió sin rumbo, subió por las escaleras, trepó a los muros,  cayó de uno de dos metros de altura entre la vegetación sin perder su emoción. Después se lanzó al lago con la determinación de quien sabe que el agua también es hogar.

La miraba y algo en mí se movió. Su júbilo era tan puro que quise ser perro: sentir sin explicación, obedecer al impulso, dejar que el cuerpo actuara. Y lo fui un poco. Caminé bajo la lluvia, el barro, el verde: todo sirvió para recordarme que la alegría surge de  la tierra. Un instante de zen  “nada de pensamiento, nada de intención; deja que se resuelva solo.”

Tal vez por eso amanecí poético. Tal vez porque Luis se untó de barro y el barro le recordó lo que somos antes de la tela, antes del asfalto, antes del pudor.

“¿Podrán limo y arena, por ver la luna llena, rasgar el negro manto del asfalto? ¿Podrán arena y limo volver a ser camino?”

¿Podremos ser barro antes de que la muerte nos devuelva al barro?

 




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