“¿En qué callejón, a qué horas oscuras, está la casa del placer? Fantasmas deshechos salen en la madrugada a buscar un carro con los últimos centavos en la bolsa.”
Lo que oí sobre pagar el amor me llevó de inmediato a Sabines. La mente no funciona como un archivo ordenado, sino como un sistema de ecos. Uno escucha una frase, un comentario, un gesto, y se activa una imagen, un verso, un recuerdo que no pide permiso para aparecer.
Estas cosas que escribo no están hechas para gustar. Son lo que soy, y qué le vamos a hacer.
El otro día, en México D.F., quise seguir los pasos de Sabines. Creía que había sido vendedor de telas. Quería conocer el lugar. Me dijeron que, como había sido diputado, lo buscara por allí. Pero en realidad no necesitaba más que un libro. Fui por él y lo leí en el avión de vuelta.
Caminar por la Ciudad de México buscando un rastro que no está —o que nunca estuvo donde uno cree— y terminar encontrando, como siempre ocurre, no un lugar, sino un tono, un libro, una respiración.
La historia del vendedor de telas es real, pero no así. Sabines trabajó en la tienda de telas de su familia en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, no en el D.F. Allí atendía el negocio mientras escribía en las noches: de día midiendo metros de tela, de noche midiendo la distancia entre el cuerpo y la palabra. Como hago ahora. Cuando se mudó al D.F., ya era otro Sabines: el que estudiaba, el que publicaba, el que empezaba a ser leído. Más tarde fue diputado, pero eso fue un accidente biográfico, un disfraz incómodo que aceptó por un rato.
La búsqueda en la ciudad tiene algo fiel al espíritu del poeta: seguir un hilo que no lleva a un local, sino a una voz. Caminar detrás de un fantasma, de un rumor, de una dirección equivocada. Lo encontré donde siempre estuvo: en el libro que abrí en el avión, en ese gesto íntimo de lectura en tránsito, que es la manera auténtica de acompañarlo.
Hay algo hermoso en esa escena: yo, en el aire, leyendo a Sabines, mientras la ciudad que no me dio la tienda de telas se queda abajo como un rumor. Sabines es más un estado de ánimo que una dirección.
“No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.”
Estas cosas soy, qué le vamos a hacer.
No están hechas para gustar, están hechas para ser.
Y eso, aunque incomode, es una forma de fidelidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario