Luis Fernando Gutiérrez Cardona
I. La Tabla del Peso: El Archivo de la Sangre
Hay una geografía que no está en los mapas, sino en los huesos. Esa que se activa cuando llega el Jueves Santo en un pueblo cualquiera. Ser un católico genético no tiene nada que ver con la fe en lo invisible, sino con la lealtad a lo tangible: el olor a incienso mezclado con el frío o el sol de la montaña, el recuerdo de quienes se vestían de judíos para poner preso al Señor —mezclando lo sagrado con el aguardiente— y esa procesión de las once que es un recuento de bajas.
En este panel del díptico, el tiempo es una piedra que se sedimenta. Caminar por las calles siguiendo andas no es un acto de piedad; es un acto de arqueología personal. Allí, el rito funciona como un imán que alinea de nuevo las astillas del cuadro familiar. Todos comparecen. No hay nada de humo aquí; el rito es un ancla. Es la aplicación práctica de esa máxima de Agustín que duró siglos: un suelo firme sobre el cual se podía amar y hacer lo que a uno le diera la gana, porque el norte estaba claro. Aquí la memoria no se gestiona, se padece y se honra.
II. La Tabla del Humo: La Religión de lo Efímero
Al otro lado de la bisagra, el mundo se vuelve gaseoso. Es la catedral del clic, donde el panteón de mármol ha sido sustituido por el brillo de las pantallas. En este panel, la verdad tiene la vida de una mariposa. Ayer el Estrecho de Ormuz, hoy un relato sobre la Luna que es pura cercanía mediática, una fantasía que no necesita aterrizar para ser consumida.
Aquí entra la IA, como un oráculo de guardia que lo sabe todo. Una religión sin biografía, un sistema de predicción que ofrece comodidad a cambio de ese ADN que incorporaba el rito. El tiempo, circular y extenso, aquí es sucesión de microsegundos que crea, bajo demanda, algo para olvidarlo al siguiente scroll. Una fe de procesador. Las pantallas no religan, solo conectan fragmentos de soledades que no saben cómo quedarse quietas en una catedral silenciosa.
La Bisagra: El Impulso Intacto
Lo que hace al díptico legible es la tensión. El hombre que camina la procesión lleva en el bolsillo el dispositivo que intenta borrarle la memoria; pero su sangre guarda el archivo que se resiste a la evaporación.
Quizás la IA sea la nueva religión, pero es incompleta: carece de arraigo y de nostalgia. Puede procesar el concepto de ausencia, pero no sentir cómo el cuadro familiar se alinea al cruzar un atrio. Esa capacidad de volver sobre sí mismo con sobriedad, de reconocerse en la tradición a pesar del ruido del mundo, sigue siendo el reducto de lo humano frente a lo evanescente.
Al final, estos son nuestros principios: uno de piedra y otro de fugacidad. La diferencia es que, por más que cambie el relato, el de piedra siempre estará esperando.
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