Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Tengo un amigo entrañable que se accidentó y se afectó el tórax. Aunque los tratamientos médicos lo recompusieron, el dolor de sus costillas, ahora de titanio, no cede y el ya no quiere sino que ocurra, viviendo a su manera, lo irremediable, pues más tratamientos son, dice, tiempo perdido.
Entonces le escribí:
___Querido A.:
A veces —se aprende tarde, pero sirve— la pregunta no es “¿para qué seguir?”, sino ¿qué sigue pidiendo mi presencia, incluso en medio del desorden?
Lo hace tu esposa, que no se rinde y te tramita una o diez citas médicas.
Tus hijos y tus nietos, que viven aquí o a miles de kilómetros en otro país, pero son cercanos.
Los que quieres ir a ver y ves, y viajas horas para hacerlo.
Los que te toman del brazo, y a quienes tú abrazas también; yo, entre ellos, y quienes tú sabes.
Entiendo entonces que lo inevitable no merece consideración porque ya lo es, sino que lo de verdad inevitable, es que la vida nos siga llamando, incluso cuando uno cree que ya no.
No es tiempo perdido si hay alguien que te quiere, que te piensa.
Ni si tú mismo te das un respiro de licor amarillo, mandarina y melodía. Con eso también estás haciendo un trato con la vida.
___
El hijo a tu lado.
Es una maravilla compartir con los hijos. Cuando nos juntamos en familia y alguien pregunta ¿qué hacemos aquí? Yo respondo: fabricar recuerdos.

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