Uno se pregunta qué cosa milagrosa es dormir: ese apagarse. Y esa otra cosa milagrosa que es despertar: ese encenderse.
El sueño como apagón voluntario —o casi voluntario, porque uno tampoco lo convoca del todo— y el despertar como una llama que vuelve sin que nadie la encienda conscientemente.
Lo más misterioso es la asimetría: al dormirse, el yo se va disolviendo gradualmente, con esa zona borrosa de la hipnagogia donde los pensamientos pierden su gramática. Pero al despertar, el yo regresa de golpe, casi intacto, como si hubiera estado esperando en algún lugar. ¿Dónde estuvo? ¿Qué fue de él en esas horas?
Borges dijo que el sueño es la actividad estética más antigua. Pero lo que señalo va más allá de la estética: es ontológico. Ese apagarse no es muerte porque hay retorno, pero tampoco es mero descanso, porque el que se apaga y el que se enciende guardan una continuidad que nadie sabe bien en qué consiste.
Hay algo budista en la pregunta. Si el yo es una construcción que se rehace cada mañana, ¿Quién garantiza que el que despertó hoy es el mismo que se durmió anoche? La memoria, dirá alguien. Pero la memoria también es una llama que se enciende con el despertar.
Si el yo se reconstruye cada mañana, ¿no es cada despertar una oportunidad de ser otro? La identidad se sostiene por la memoria, sí, pero también por la repetición de hábitos, de gestos, de rutinas. ¿Qué pasaría si al despertar decidiéramos no encender los mismos hábitos, sino otros? ¿No sería eso una forma de renacer en vida?

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