Hope en bolsa de plástico
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
No recuerdo ya qué año corría cuando Barack Obama ganó la nominación de su partido. No soy ciudadano de ese país —se supone que lo soy del mundo—, pero importa a todos quién lidere allí. Escuché con emoción su discurso de aceptación, y meses después el de la noche electoral. Me dije: este hombre va a cambiar el mundo.
"Nadie puede solo", me decían. Yo insistía en que sí, que la historia lo demuestra.
Entonces decidí algo: el día de su posesión voy a estar allí. Para contar, años después —digamos hoy—, que había visto ese instante en que la aguja empezaba a moverse. "Hope, change o progress", según dónde mirara.
Y allí estuve. La planicie helada, colmada; el cielo azul; un frío que mordía. Pero el discurso no fue el mismo. Ya no hablaba un hombre libre: hablaba el engranaje, el peso del aparato, el murmullo del status quo. La multitud lo notó. Yo también.
Compré el New York Times de ese día y lo preservé sin leerlo en una bolsa de plástico, como reliquia. Pensé que algún día —digamos hoy— lo mostraría como testigo de un comienzo. El papel amarilleó, y la historia también.
Leí sus memorias. Las de Obama. "Quise, pero no pude", resumí, y regalé el libro. Lo curioso es que para lo malo, hacer guerras, matar, otros —incluido él— siempre pueden lo que quieren.
Ahora, motivo mudanza, me encuentro la bolsa. Y me pregunto: ¿descarto el viejo diario?
Los objetos son fáciles; lo útil sería descartarme, como si la pérdida de esperanza —ese recurso de incapaces, lo sé— borrara también el amor, el sentido, la razón de ser. Pues queda solo el hecho de estar, de consumir recursos, de ocupar espacio.
Quizá mantenga el periódico no porque represente una fe rota, sino porque me recuerda que creí y fui capaz de lanzarme a ser testigo.
Hoy, cuando la memoria dura una noche si mucho, o el deslizar de un dedo, Obama es un rezago sin valor y casi nadie recuerda aquel afiche. Aquel, a la larga, se hizo esto. Y esto, papel desechable. Por eso mismo los miro: porque ya no pertenecen al mundo, sino a mí.
Lo colectivo es ahora eco privado, y en ese eco me reconozco. La propaganda electoral siempre es basura. Y uno es materia de mudanza al otro mundo.
Envío:
Obama empezó a palidecer para mí aquel dia. No por lo que dijo, sino por lo que dejó de decir. Hablaba el aparato. Y se entiende: una cosa es aspirar a emperador y otra serlo. La altura moral también se negocia, incluso por quienes uno pone más arriba de lo debido. Lo comprobó luego con aquella aparición en televisión: “We got him. We killed Osama bin Laden” son palabras que desacomodan: no el hecho, sino la forma. La forma revela el alma, o su desgaste. A él no le quedaba bien esa manera

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