Ya somos el olvido que seremos.—Borges
Ayer fui a un entierro. Muerte natural, dicen ahora para distinguir de muerte por covid, que no es natural por tanto. Ocho en la iglesia, más el cura y su ayudante, más el hombre de la funeraria. El muerto, que no cuenta, llegó en camioneta mercedes benz, primera y única vez que usó esa marca y no se enteró. El ritual no alcanza a despedida ni a dolor ni a nada. Se advierte innecesario, afanoso, aparente. El incienso no huele. Las palabras vida eterna y paraíso y ángeles y ver el rostro de dios suenan huecas. Hasta el descanse en paz es vacío. La trascendencia es menos trascendente. El pasar es a un abismo.
Dentro de los rituales perdidos la tumba es uno de ellos... ¿Para qué, si no para huir del olvido se hicieron las pirámides? Hechos cenizas lanzadas al viento, dejadas en las montañas o puestas en las aguas, o peor: emparedadas, no se puede ser ni siquiera olvido. Igual: tampoco importa.
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