Desde los asomos primeros de conciencia encontré algo mágico en las manos de mi padre. No era muy joven cuando me tuvo y lo era menos al conocerlo yo a él. Al tomarlo de su mano cuando corríamos a apoderarnos de ellas cada día a la hora en que indefectiblemente regresaba a casa, sentía su afecto y la seguridad que transmitía. No recuerdo que me cargara pero si a mis hermanos menores. Tomaba mi mano con firmeza mientras los otros iban en sus brazos. Con los años, entonces muchos al parecer aunque la niñez dura poco, su hábito de fumador hizo sus dedos amarillos. Yo jugaba con sus venas imaginándolas lo que son: unos ríos bajo la piel con barquitos y todo.No hablaba mucho, ejercía de padre al uso de los tiempos. Pero su vida era, como lo escribió, aquellos ojos de los que se enamoró y aquellos que fuimos su creación.Alguna vez, ya adulto yo y anciano él, mientras miraba sus manos ya sin rastros del tabaco que abandonó, le pregunté de forma irrespetuosa: ¿Papá, usted ha sido feliz? Y con mirada sorprendida me dijo: “Si mijo, mucho”.
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