En esos tiempos los niños morían. De milagro, para los estándares de hoy, sobrevivimos.
Vienen a la memoria los pasos de papás llevando, solos, sobre su hombro, al cementerio, el pequeño ataúd de color blanco. Las nubes blancas que llenaban las calles los acompañaban o los envolvían. Las lágrimas caian de los tejados. El dolor, sordo, apenas trascendía. Cosas de Dios, decían. Sin ceremonia, ni cura. La compañía era el silencio. Eran ángeles ya en el cielo. Los vi pasar siendo también yo niño.
Era su primera hija y él el escribano parroquial. Él mismo escribió el registro. ¿Que sentiría? El cura párroco, tío de la niña, lo firma..
Mi padre tenía en propiedad una tumba para ella. Pasados muchos año nos llevaba allí. Él, no mi madre. La lápida nada más decía, ascendiendo en transversal de izquierda a derecha, con su letra que alguien retocaba cada tanto: Merceditas.
Recuerdo el sitio exacto.
Quien sabe que otra maravilla de hermana nos perdimos. O no nos la perdimos: siguió y sigue siendo una presencia.

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