Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Es bello, y muy especial para mi encontrarme con tus palabras de improviso. Coincidente o causal, este año me vi rodeado de una onda de afectos entre los cuales el tuyo me resulta particularmente grato. No sabes cuánto me alegra que andes observando -que no descubriendo- nuevos mundos, y descubriendo -que no observando- nuevas ideas. Haces lo que te gusta y descubres -pasa a quienes queremos que nos pase- que nuestro interior es inmenso y que lo que es pequeño son los escenarios. Cuando voy por ahí, así sea a la cuadra enseguida de la que recorro siempre y no recorro nunca, me paro a ver los portones, a observar la gente, las plantas, las ventanas y las imperfecciones del pavimento como si me hubiese transportado a miles de kilómetros. Lo contrario también ocurre: transportarse miles de kilómetros para ver que el atardecer no es diferente al del lugar de donde vengo, que no es menos maravilloso que el de San Antonio una tarde inolvidable. Quizás no tengas demasiado tiempo y tal vez no quieras leer un mensaje largo (siempre puede hacerse por tramos). En una de esas tardes que ocurren, mientras cruzábamos la ciudad después de un largo rato de trabajo entre dos cervezas quien me acompañaba dijo: ¿sabes que inicié todos los procesos para cambiar totalmente? Y siguió hablando de cómo en cierto momento decidió resolver la vida y con una mochila llena de cuanta sustancia pudo acopiar se fue a la montaña, una de esas altas que hay por aquí, resuelto a consumirlas y consumirse en ellas. Lo hizo pero la naturaleza le jugó una pasada: le ofreció una noche y luego otra de cielo despejado. La vía láctea ejecutó la milenaria danza de las siete constelaciones de tal manera que terminó más drogado por las sustancias del cielo que por las de la tierra. Se reacomodó consigo mismo. Entonces le conté velozmente -es una aberración inevitable de la conversación apoderarse de ella- que un día decidí lo mismo y me fui a otra ciudad con la idea fija de que en algún lugar del camino vería una enorme tractomula, que debería ser hermosa, además, y pondría contra su frente la frente mía. Sería un hermoso instante aquel beso a ciento veinte kilómetros por hora deshecho en las luces de la inexistencia. Pero que allí estaba alguien que a pesar de no sentirse bien se sentó conmigo en un parque, compartimos coca-cola y pizza y fue conmigo a caminar algunas cuadras de San Antonio; sentados en la orilla del parque vimos ponerse el sol y reemplazarse su luz por las de la ciudad. Me acomodó en un hostal y se fue después de un café con la promesa de vernos al otro día. Al despertar dije será hoy, entonces. Tomé, sin llamar, el camino de regreso con la ayuda de un desconocido que con un sígame me puso en la ruta. Los campos de caña de azúcar pasaban veloces a mi derecha. Los camiones inmensos por la izquierda ya no me tentaban. Deshecho en lágrimas me detuve unos minutos al lado y la vista se perdió en la inmensidad de tantos verdes, de tanta vida.
No fue.Digo esto mientras leo un poema de Hugo Mujica:golpeando la puertade la casa vacíano para que me abran,para escucharme llamado.Bueno, aquí sigo con un montón de libros al costado que no se ya si alcanzaré a leer. Algunos si, seguro. Otros son demasiado retadores. Posibles a pesar de su tamaño heroico, despiertan tantas curiosidades que distraen y toca ir por sus mil y tantas páginas una por una.En mi blog dejo asomar —mal escritor pero desvergonzado— atisbos de mi cuerpo. En mi alma dejé de creer ya hace demasiado.¡Qué momento!Espero que también el mundo se te abra y no te pediré que no me olvides porque ya me hiciste sentir inolvidable.Un abrazo desde el corazón, tan grande que comprenda el tuyo y lo envuelva. Y el mismo amor, más un poquito.

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