Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

marzo 02, 2019

Tiempo y distancia.



Luis Fernando Gutiérrez-Cardona


Penúltimos


El 16 de marzo de 1969 fue un domingo. Fue un domingo de pueblo como cualquier otro. Con seguridad que fuimos a misa en la mañana, que al medio día esperamos ansiosamente la llegada de El Espectador, que lo leímos pasándolo de mano en mano mientras papá dormitaba en su alcoba con el radio prendido o solitario fumaba sus pielroja en la ventana o en ese pequeño balcón que iniciaba la escalera. Nos acostariamos a la hora de siempre luego de la comida de siempre sin que nada pasara como siempre. Ni siquiera nos echamos en falta unos a otros. Ya Jaime vivía en Manizales, yo había pasado a usar su habitación, y todo era silencio. Seguro al amanecer iriamos como siempre al colegio.
Mamá, con su abrigo negro y su manto, fue a misa de siete y regresó pronto. Algo grave ocurrió aunque no lo dijo. Papá salió presto y no sé por qué también llegué a la plaza. No era mucha la gente, pero había alguna en la esquina de la alcaldía. Tenían prendido el parlante, cosa que pasaba poco, y de pronto ví a mi padre pasar subido en el vuelco de la volqueta municipal. Van a Manzanares dijo alguien y no hay más carros. El no era para esas cosas. La volqueta se detuvo antes de doblar la esquina y se bajaron quienes iban en ella. Llegaron algunas personas, dijeron, entre ellas Felipe mi hermano. ¿Cómo? ¿Dónde estaba pues? Me demoré mucho en comprender: un grupo de personas se habían marchado en la mañana del domingo a jugar fútbol a otro pueblo llamado El Fresno y de regreso habían rodado cerca de Manzanares. No tenía idea de ello. ¿Por qué nadie fue a casa a contar si ocurrió sobre la media noche?
Fueron surreales ese momento y los días siguientes y lo son todavía en mi cabeza. Las historias se iban armando: la hermana de alguien, el esposo de alguien, el profesor, los voluntarios de USA, los niños, el otro, el otro, que también este y también aquella. Los cuentos de sobrevivencia y pérdida. El llanto. Un poco de muertos, muchos heridos y otros ilesos: obra del destino. Algunos de ellos compañeros de pupitres en ese salón grande, por esa razón y otras razones, mal recuerdo. No hubo cuadra que no tuviese un muerto. Al otro día, o al otro no sé bien, esa fila de ataúdes sobre el puente del colegio que entonces no era inseguro para nadie. Y una multitud alrededor. Luego el cementerio. En perspectiva mi mente borró gran parte del audio y el vídeo de lo que pasó entre el medio día de ese lunes y el día que regresamos a clases sin mayores palabras del director del grupo ni los profesores. Los lugares vacíos de los heridos que después se fueron reintegrando; el de aquel que murió se desplazó. Nada de traumas ni ayuda psicológica, ni investigación, ni culpa. Todo se explicaba con un Dios lo quiso.
En casa se habló muy poco. Felipe contó a sus amigos que había sido de los primeros en salir y al acudir al pueblo que estaba a varios kilómetros los adultos no creyeron lo que contaban. Fue tremendo. Es tremendo.
Cincuenta años después, medio siglo que vale por cuatro enteros de antes si no más, la gente pregunta ¿qué pasó? y pienso en aquel que pasó y en quienes se recuperaron y han tenido una vida.
Siempre se acaba siendo el penúltimo.
Y pienso en el que era entonces y en el que soy.
Cercanos y distantes, tiempo y yo.




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