Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Vivia en un apartamento que había comprado hacia algún tiempo en un bonito sector de la ciudad. Pequeño, estaba arreglado muy lindo con aquellas cosas que se ajustaban a los espacios existentes. Al apartamento se accedía por una escalera exterior de un solo tramo bajando, o subiendo, tres pisos así que la entrada venia quedando como en la mitad de la cuadra. Todos los días dejaban el diario El Tiempo bajo la puerta, pero los sábados y los domingos escuchábamos llegar, jadeante, al hombre que entregaba. Ya era un tipo de edad que se echaba a la espalda los diarios sostenidos de la cabeza con un cargador. No solo repartía las suscripciones, sino que muy temprano en la mañana voceaba “¡Patria, Tiempo, Espectador!”, tenía el radar puesto para identificar de qué ventana le gritaban “¡Patria!”, recibía el dinero, entregaba las vueltas o cobraba luego. Al hombre lo conocía desde antes, vivía yo unas cuadras más allá, pero aquí se notaba el esfuerzo que hacía. Nunca supe cómo se llamaba, pero le puse por sobrenombre “resoplo”. Cuando le sentía llegar le decía a través de la ventana "¡gracias, resoplo!", o "resoplo, ¿quiere café?" A él no le chocaba, se reía, aunque a veces rezongaba. Cualquier día le dije: “Resoplo, usted por qué anda con esa carga, deje todo eso en un lugar, pasa la voz y luego distribuye”. –“¿No será que me toca caminar más?", me respondió. No siguió al pie de la letra mi consejo, pero si empezó a no llegar tan cargado hasta que, eventualmente, no volvió. Hoy el periódico dominical es de un tamaño heroico y así su peso. Ya no lo vocean por las calles de tan pocos que venden, supongo. Vivo en otra parte, solo voy hasta la puerta del apartamento a recogerlo y me canso llevándolo a la cama. “Resoplo” quizás resople hoy en las alturas celestiales. Yo resoplo ya después del cuarto paso.
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