Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Se vive como cuando se ingresa a un túnel que se recorre al ritmo de las reglas y en todo caso siguiendo a quien va adelante. Las luces pasan y cada tanto es posible que haya respiraderos que alivian por instantes la escena amarillenta. Pasado un rato cuando se advierte la salida todo va como más rápido, el cerebro se apresta a encontrarse con la luz, la boca de salida va creciendo brillante y, al superarla, desaparece. En la vida la luz de salida es al mismo tiempo la de entrada en una dimensión inexistente. Todo queda atrás convertido en material inerte, en compuesto de celulosa, taninos, sales de calcio y potasio, carbonatos y fosfatos, apto como abono: tierra de macetas que no tendría que tirarse a los ríos ni al mar. Al viento solo como poesía. Que no lo metan, en todo caso, en una caja de madera, ni de plástico o icopor, ni metálica: alguna cosa biodegradable habrá o, mejor, en ninguna cosa. Que no lo encierren en los lúgubres resquicios de algún sótano con precio. Que quede algo en la memoria, mientras también se esfuma.
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