¡Vengan a comer!, decía. A cambio escuchaba un lánguido "ya vamos" y desde más lejos un "ya voy". Mi padre, obediente, cerraba su libro, apagaba su cigarrillo y ocupaba su lugar. A veces llevaba el periódico a la mesa pero un día se lo prohibieron. ¡Que vengan a comer!, repetía por tercera vez, ya impaciente. Y desde más lejos: "no tengo hambre, estoy lleno". ¿Lleno de qué? "De nada". Pues uno no puede estar lleno de nada, concluía: se sientan en la mesa y se lo comen todo. El lugar se llenaba y pronto retiraban los platos vacios: aquí no hacemos comida para botar. Ella, no sé por qué, nunca ocupaba un sitio, ni lo tenía. Vigilaba desde afuera.
Lo que de hecho nunca supo, y apenas yo descubro, es que si se puede estar lleno de nada. Hasta la saciedad.
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