Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Mientras manejaba ahora, en un semáforo, miré mis manos y vi las manos de mi padre; la misma disposición de los dedos, igual textura, un poco más morenos por el sol los suyos, un poco menos perfiladas mis uñas y descontado el color que la nicotina de años de pielroja grabó en ellos. Cierta tibieza premonitoria recorrió mi cuerpo al recordarlas como cuando, de niño, me tomaba de ellas rumbo a casa.
La casa dura —hay quien lo recuerda con frecuencia— en realidad muy poco. Unos años de inconsciencia, otro tanto o un poco más tal vez, de estar más tiempo fuera que dentro de ella, refugio de necesidades, lugar para dormir, y luego el mundo abierto. Pero uno regresa, sin estar siquiera, al calor de una seguridad que no desaparece aunque no haya padres, aunque no haya paredes, ni voces, ni cantos, ni abrazos. Persiste, amor.
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