Increíble. Horas de palabras sugerentes, de abrazos y afectos, de expresiones concretas acaban, sin más. Sin un espera un poco, un qué pasó, un cómo lo arreglamos, o un en qué me equivoqué. Sin esfuerzo. Sin ni siquiera un suspiro. Los lobos esteparios no son, per se, lobos hambrientos ni lobos necesitados. Observan. Miden. Perciben la temperatura. Dan la vuelta y sobreviven.
“El amor más acalorado, tiene el fin más frío”, como que dijo Sócrates.
lfg-c©

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