No me tomo fotografías y evito, en lo
posible, que me las tomen o aparecer en ellas. Las fotos, esas de mi, de cierto, no son un
aporte estético para mí o para otros, y en materia de recuerdos soy el otro
para muy pocas personas que tienen otros otros que llenan sus mentes y sus
corazones. Hace unos días al tomar el ascensor del apartamento me miré en su
espejo -cosa que, se da por descontada, hago poco-, tomé el teléfono y le hice una foto a la
imagen. Una foto al espejo no vale como selfie, teóricamente. Lo que vi me indicó
que algo estaba pasando con mi cuerpo, Me observé como quien observa su
espíritu. Algo se estaba moviendo o algo pasaba conmigo físicamente, se
entiende, más allá de lo visible. Pues se dio así: en estos días llevé una mano al hombro y
toqué los huesos. La ropa se amplía de tamaño y navega ya no sobre músculos o
carnes sino sobre la estructura. La cara cabe en una mano. Los doctores
intentarán poner remedio. Tengo que creer que lo conseguirán y confiar en ello.
Aunque, quienes me conocen, saben que
desde siempre he hecho chistes sobre lo inconveniente de un ataúd demasiado
pesado. Claro, ya no existen ataúdes si no un tránsito expedito al fuego, al humo.
El menos infeliz de todos es el muerto. En
fin de cuentas está, en este punto, si oyen esto, no solo muerto sino requetemuerto. Pero a los
muertos les gusta hablar. Dicen una última frase del tipo “luz, más luz” como
Goethe, o se las agencian para sugerir un epitafio o para dar muchos consejos
sobre lo que no hicieron cuando pudieron. O para expresar los sentimientos que
callaron. Fui un espíritu parlanchín y lo dicho, dicho está. Tuve una buena
vida, de valles y colinas, pero sin cumbres y sin abismos. Tuve una familia sanguínea en que los afectos no requieren de esquemas y una familia ampliada
en la que nos integramos con la naturalidad con que se respira. Mi familia
laboral, en todos los casos, fue afectuosa.
Me hice de amigos fantásticos que me roderon siempre sin aspavientos, sin grandilocuencias y sin declaraciones. Gracias Omar
Antonio García, Efraín Sánchez, Alvaro Mejía, John Jairo Osorio.
El universo es una máquina caótica bien
ordenada. Sigue su curso sin que la detenga ninguno de los dramas humanos todos tan pequeños para él como grandes para uno.
Ahora, en unos segundos, como dice Serrat, “vuelve el
pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.
Todo lo que uno considera trascendental se reordenará en un instante.
Sea que se luche a favor o en contra del
destino, este ganar siempre. Por economía lo hice a favor, sin reservarme nada.
Gracias les dice, desde la vida, Luis
Fernando Gutiérrez. Agradecido.
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