Viajar, hasta hace un tiempo, era un acto público por lo que tenía de privilegiado. El viajero anunciaba su partida, publicitaba su regreso y escribía la crónica inacabable verbalmente de lo que había visto. No importaba si iba lejos o cerca, lo trascendental era que había salido. Y de hecho así se preguntaba: ¿ha salido usted mucho? Ya no tiene tal carácter. Del viaje, por la razón que sea, no se entera nadie y si es de turismo se hace de manera poco menos que vergonzante, sin contarlo a nadie o sin darle importancia. Al regresar, algunos reclamos de 'te estuve buscando y no respondías' y cuanto más unas palabras que suenan a disculpa: 'no estaba'. Si llegas a cometer el error de hablar de tu experiencia encontrarás un auditorio en que algún aburrido dirá: si, yo estuve allá... detrás de este la mayoría dirá que no solo estuvo allá sino mucho más allá de tal manera que lo tuyo no tiene gracia alguna. Todo el mundo ha ido, no digamos a China o Japón que eso es fácil, sino también a Ispahan, Samarcanda y Tombuctú. No pondrás una fotografía frente a alguna torre o palacio, que eso es montañerada.
Ni matizarás alguna conversación con lo que viste porque todos lo han visto ya: ¿Y este qué se cree?
Descontado así el valor, uno retiene sus vivencias y se propone, otra vez, salir y volver sin decir nada.
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