Solía preguntar con sus ojos en los suyos: ¿quién te quiere? No hacía falta respuesta pero se susurraba: tu. Seguía desde el espíritu lo que hacen quienes se quieren sin por qué ni para qué; sin mente ni sentimientos. Instintos y emociones no acababan al separarse las manos en largas despedidas.
Se evolucionó a urgencias específicas. La pregunta era reclamo, compromiso, obligación. Volver al comienzo, desprecio.
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