Una persona muy valiosa tomó hoy la decisión de regresar. Hizo que la humanidad prescindiera de su presencia, lo que sea que esto signifique pues el cuerpo, ese despojo, queda ahí. La reacción natural de mi entorno, no la mía, es: ¿cómo? ¿por qué? Se deja de considerar el valor del ser conocido a rebuscar causas cuando la única es que quiso hacerlo. Me excluyen de la conversación cuando, tratando de poner orden en la alharaca, digo que no hay que menospreciar las razones profundas de ese ser; que la sociedad recorre ya el camino del reconocimiento del libre derecho a disponer en qué momento morir; y que es posible que antes de una década existan lugares en que, con toda comodidad, quien quiera, marque su final. ¡Estás loco, jamás aceptaré eso!, replica alguien con ceño fruncido y mirada furiosa: ¡Yo amo la vida! Como si yo estuviera diciendo no lo haga. O como si no tuviera el mismo valor el ¡Yo no amo la vida! dicho por otro. O como si hubiese solo una forma de hacerlo. Para tranquilizar digo con aire resignado y concluyente: me importa su vida, no su muerte.
Me dan la espalda y continúan su espectáculo que va del sentimiento al resentimiento.
No es tan sagrada la vida: disponen de ella los poderes en guerras y en hogueras. ¿Por qué no uno mismo?
En últimas: ¿qué es la vida? Esa ilusión, esa sombra, esa ficción.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario