Grabaron en mi mente como se hacía en las escuelas en aquel tiempo -repetición y miedo- aquello de la razón de existir. El hombre, decía el maestro sin explicar nada pues no hacía falta entonces, nace, crece, se reproduce y muere.
¿Nacer? Simple, cada año nacía un niño en casa sin que hubiese mayor consciencia de lo que ocurría.
¿Crecer?, se veía crecer a los hermanos mayores, había "grandes" en la calle, eran grandes los del grado siguiente y no había que juntarse con ellos. Eran grandes los padres.
¿Reproducirse? Un misterio. ¿Cómo ocurría? Ni se decía ni se enseñaba. Mucho después las malas compañías a los hombres y la experiencia vivida a las mujeres, hacia conocer como era la cosa.
¿Y morir? Bueno, morir estaba inscrito en la religión, en el Cristo pegado a cada cama, colgado en las paredes, significado en las cruces presentes a cada paso. Morir era ser puesto en un ataúd y llevado al cementerio. Morir era mucho más importante que vivir, era la liberación del alma, la recompensa total, la salvación.
Era simple el esquema con que se vivió por siglos.
Tan sencillo como que el cuerpo es cabeza, tronco y extremidades. Así de sencillo era todo. ¿Qué falta hacía saber más?
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