No os molestéis, conozco la salida.—Antonio Gala
Antes de ser olvido, ido ya, ¿qué dirán? ¿cuánto seré memoria? ¿en la de quién? Escribir sobre ello admite pocas palabras o no fluyen. ¿Quiero que digan algo? ¿que hablen de eso que no es?
Tal vez no haya acto más privado que morir que es, por lo vivido, soltarse de la toma de energía. Ni más público. Dejar de ser produce un objeto de materia inútil expuesta a los afanes, certificados, estadísticas; negocio pronto de masa en descomposición. Se dispone de inmediata de lo más a lo menos simple: desde las vestiduras hasta lo que el individuo cuidó en la privacidad de su bolsillo, en el más secreto espacio de su cartera. En los cajones de su escritorio todo es hurgado, extraído, mostrado, juzgado, distribuido. Se echan a la basura o se tasan los bienes por los cuales pudo hacerse mal. También se esculca y juzga su corazón en este vida y en la otra, dicen, un juez rabioso lo espera para castigarlo.
Tal vez provoque algunas lágrimas, seguro muchas incomodidades. Propugno por el paso discretísimo, silencioso, rápido. Por el esfumarse de todo y de recuerdo. Si, acepto que la energía algún camino toma: humo y rescoldo realidad aparte.
¿Decir qué? ¿Quién?

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