Lo que el viento se llevó.
Había entonces en la esquina del patio un tanque metálico, supongo que de acpm, que alimentaba la cocina de los hermanos y la de los internos que eran muchos y formaban como una clase aparte, llegados de no sé dónde, de La Dorada o de Caicedonia, por necesidad o por castigo váyase a saber, que tenían su regimen, su horario y su territorio en el cuarto piso de la torre oriental. Se oían cuentos: que el agua era muy fría, que el régimen era severo, las salidas controladas, la puerta con llave. Había requinternos, o sea los que no salían ni a los desfiles. Al sonar la campana corríamos a apoderarnos de un lugar bajo ese tanque, o a apoderarnos de las mecas de la canal frente a la capilla donde se lucian los campeones de las bolas de cristal, o a hacerle cola a las polvorosas de la tienda. ¿Qué pasaba entonces por nuestra cabeza? ¿alguien se planteaba el futuro? El futuro estaba taponado por los cerros tutelares. Los días pasaban entre el sol eventual y la neblina perene. Lo más emocionante podían ser los partidos de futbol entre clases, los de basquetbol, u observar el vuelo de los gallinazos. Un día, sin que se supiera por qué, ya no hubo más internos. Falta de clientela o mal negocio. Eran microcosmos: el patio, la capilla donde a veces el rector fungía de Savonarola, a veces de Giordano Bruno, el salón de actos, el salón de estudio de los internos, el museo de piso de madera casi siempre cerrado o solo abierto para que por obligación lo brilláramos montados en estopas a cambio de la clase de educación física. El cuarto a la izquierda donde murió el nazi llegado de argentina -eso se decía sin razón-, el del otro extremo en donde un cura vivía sin salir, solo a decir misa en el propio colegio. Cura interesante, leído, con quien si hablé algunas veces.
No es tan cierto. El viento no se lo llevó. Ni se lo llevó la pica o el explosivo. Pervive.

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