De pronto ayer puse atención a un dolor persistente en la falange del meñique de la mano derecha. Lo vi un poco inclinado hacia adentro, un poco inflamada la coyuntura. Es la edad, me dije con un suspiro: irremediable. Pero, por esas conexiones, pensé en una mano que me despedía, cuando salia al menos por una noche, con una bendición perfecta y sacerdotal. Muchas veces tomada de afán, a tiempo empezó a importarme y a recibirla reverente. No recuerdo haberle dicho nunca a ella: deme la bendición. Llegaba de forma cierta, segura, siempre con consciencia y con la seriedad impuesta por la fe y la convicción. Hasta aquella que cuarenta y ocho horas después se hizo última.
Mi dedo meñique se parece al suyo muchísimo más trajinado y gastado por el trabajo a horas y deshoras y, tal vez, por condición familiar. Hoy no veo el gesto en el entorno cercano. Si acaso un poco subrepticio. Eso sí, una prima de mi madre que tiene sus maneras, su sonrisa y sus creencias, al menos una vez al año, por marzo, me dice: "que Dios te bendiga, Luis Fernando", y en ella y ello veo, emocionado, revolotear los Ángeles.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario