Epicuro

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"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

mayo 28, 2026

Reconstituyente en vez de Constituyente

 

Reconstituyente en vez de Constituyente: desmontar lo que no sirve 

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Cada cierto tiempo, Colombia vuelve a hablar de una constituyente. Cuando el sistema se siente sin salida, propone reformar. Pero el problema no está en la Constitución. Está en una estructura que lleva cuatro siglos acumulando capas: la Colonia dejó el centralismo y la burocracia como forma de control; la República temprana los heredó sin cuestionarlos; el siglo XX los multiplicó. Lo que hoy llamamos Estado es, en buena parte, sedimento histórico.

Ese sedimento tiene nombre. Contraloría, Procuraduría, personerías municipales, contralorías territoriales: organismos que nacieron en distintos momentos para resolver problemas de su época y que hoy se retroalimentan entre sí sin producir resultados. Un Estado que se vigila porque no aprendió a corregirse. La corrupción no disminuyó con cada nueva capa de control. Creció con ella.

El país real avanza como puede. Los ciudadanos enfrentan trámites lentos, decisiones centralizadas, controles que no controlan. La justicia entró al juego del poder y perdió distancia. El Estado detecta fallas, pero no las repara.

Por eso es más útil hablar de una reconstituyente. En la medicina del siglo pasado, reconstituyente era el producto que le devolvía al organismo su vigor, sus condiciones normales —la emulsión de Scott, el hierro, el tónico. No un trasplante: una recuperación. Aplicado al Estado: retirar lo que no funciona, simplificar lo que quedó por inercia, fortalecer lo que sirve.

El contraste con otros modelos es ilustrativo. En Suecia o Noruega, el control disciplinario es judicial, no burocrático. No existe una Procuraduría. La transparencia es estructural: cualquier ciudadano accede a documentos públicos sin obstáculos. Una oficina técnica pequeña revisa el gasto. Hay datos abiertos y responsabilidad clara. Colombia, en cambio, multiplicó organismos. Oficinas para vigilar oficinas. El resultado no fue menos corrupción sino más opacidad distribuida.

El régimen territorial repite la misma falla. Los departamentos —figura heredada del orden colonial— no cumplen una función clara. Los municipios dependen del Sistema General de Participaciones y no tienen autonomía fiscal ni capacidad real de planeación. En los países nórdicos, los municipios deciden, recaudan y ejecutan. Aquí, administran lo que reciben. Bogotá concentra decisiones, recursos e instituciones. Pero el país es diverso, con dinámicas regionales propias que el centralismo aplana en lugar de reconocer.

Una reconstituyente debería empezar por ahí: redistribuir poder, no solo funciones. Revisar la organización territorial. Definir qué nivel de gobierno decide qué, con qué recursos y ante quién responde.

La inteligencia artificial añade una posibilidad concreta: auditorías automáticas, trazabilidad del gasto en tiempo real, alertas tempranas, análisis de patrones. Tecnología para reducir tiempos, costos y opacidad. Pero requiere datos abiertos, infraestructura y reglas. Sin rediseño institucional previo, la tecnología solo automatiza el desorden.

Una reconstituyente no sería un gesto simbólico ni una asamblea de refundación. Sería un ejercicio de orden histórico: revisar lo que existe, identificar qué quedó en pie por costumbre y qué por necesidad, eliminar lo que sobra, fortalecer lo que funciona, construir un Estado legible con controles que produzcan resultados y municipios con capacidad real.

Cuatro siglos de acumulación no se desmonta con otra Constitución. Se desmonta con voluntad de simplificar. Con menos capas. Más claridad. Más responsabilidad directa. Más decisiones cerca de la gente.

En el desorden, todos medran. Eso también es herencia.

 


 

 


 

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