Si importa
Alguien cercano me pregunta si el diario local publicó hoy algo mío. Digo que sí. Me responde: “Ah, no lo vi…” Y luego: “¿es que escribes para que le importe a alguno?”
La frase me cae en el pecho como una piedra bien lanzada. No duele por su tamaño, sino por su puntería.
Escribir para el periódico local —o para mí mismo— no es un acto de vanidad. Tampoco es un gesto heroico, aunque exige algo de valentía: implica mostrarse. Es, más bien, una forma de conversación. Uno escribe porque algo pide ser dicho, aunque nadie lo haya pedido.
No escribo para que “le importe a alguien”, pero tampoco escribo para que no importe. Si algo no tuviera valor, no lo escribiría. Escribo porque la vida necesita voces que la piensen: voces que no griten, pero que nombren. Cada texto que propongo es una manera de decir: esto nos pasa.
Quien hizo la pregunta lo sabe. Quizá solo hablaba desde esa costumbre nuestra de restar valor a lo cercano.
Que no le importe está bien. Pero decírmelo, sabiendo cuánto me importa, ya es otra cosa.
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