los gutiérrez
Día de madres 2026
En mi tiempo de hijo —cuando la vida parecía más ordenada— la madre tenía un
lugar preciso. Criaba, sostenía, dirigía el hogar. No se hablaba de roles ni de
empoderamientos; se hablaba de deber. Llevaba la casa con una mezcla de
disciplina y ternura que hoy cuesta nombrar sin caer en la nostalgia. El padre
era el proveedor y la autoridad. Ese reparto, tan rígido como evidente, daba
una sensación de equilibrio que era más apariencia que verdad.
La vida cambió. Casi de golpe, con ruido y
de manera irreversible. Mi madre, ya en sus cincuenta y tantos, cuando el menor
de sus hijos apenas salía de la adolescencia, decidió —o tuvo que— salir al
mundo laboral. No para realizarse, sino porque había que sacar estos muchachos
adelante. Y lo hizo. En ella se vio el tránsito entre dos mundos: la madre en su
papel, y en otro sin pedir permiso. Todo al tiempo. Y sin que nadie le quitara
peso a la carga original. Sin redistribución.
El feminismo, con sus conquistas y sus
tensiones, movió las placas tectónicas. La figura del padre quedó en
patriarcado opresor y rechazable; la de la madre, como creadora de vidas, se
hizo cuestionable. Simone de Beauvoir dijo ya en 1972: "Ahora creo que la
familia debe ser abolida.".
Y aquí viene la parte que cuesta decir sin
incomodidad: el hombre perdió su valor simbólico y real. Cargamos un machismo
ancestral que con la mejor voluntad y los códigos de su tiempo alimentaron en
la mesa y en la crianza. Entre lo que fuimos y lo que no sabemos ser, algunos
quedamos remanente estorboso, informe, que no termina de aceptar que no es el centro.
Hay que enterarse, desaprender, asumir la revisión y encontrar un lugar donde
estar sin pedir perdón por existir. Eso cuesta.
La mujer de hoy —hermanas, hijas, parejas—
vive tres vidas simultáneas. Cría y educa. Trabaja y sostiene. Dirige y
emprende. E intenta no perderse a sí misma en medio de todo. Lo hace bien. Es
objeto de veneración ya no por su supuesta fragilidad, sino por la capacidad de
multiplicarse sin romperse.
Las mujeres sostuvieron el pasado y el
futuro. Lejos de suprimir la dependencia, la han acentuado: madre y mujer,
mujer y madre; abuela que aporta, centro afectivo de familia que se expande y
ramifica sin perder su eje.
Aprendí de mi madre que la fortaleza no
está en imponerse, sino en persistir. Y que el amor no se decreta: se construye
en la intimidad de la casa, en la manera como nos miramos, como nos reconocemos
—o sea como nos volvemos a conocer— y como damos lugar unos a otros. El único
camino es el amor.
Detrás sobrevive la escena que guardamos:
la mano tibia que nos despertaba, el olor del desayuno que anunciaba que el
mundo estaba en orden, la voz que sabía cuándo hablar, cuándo callar, cuándo
imponer silencio. Ese refugio que no se vuelve a encontrar en ninguna parte.
Seguimos por ello buscando a la mamá con
la debilidad de hijos. Porque en el fondo queremos enredarnos un momento en su
delantal, que ya no existe. Y porque, aunque la vida haya cambiado, el amor que
les tenemos sigue siendo el mismo: inmenso, torpe e injustamente silencioso.
***
Y
bueno… dicen que uno debe cambiar. Pero viendo cómo nos juntamos todos —sin
jerarquías, sin permisos— yo diría que mejor no nos movamos mucho. No vaya a
ser que se rompa el vidrio.
Día de las madres, junio de 2026
©lfgc
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