Puse una señal de alerta sobre el botón que abre mis notas para contener el impulso de compartirlas directamente. Lo hacía como quien toca el hombro de alguien creyéndolo un gesto bien recibido. Pero incluso entre los más próximos, un toque inesperado es una invasión.
Las palabras, escritas o dichas, dejan de pertenecerme. Salen, se exponen, y quedan a merced de interpretaciones que no siempre tienen la delicadeza de la intención.
Y duele. No porque mis notas sean débiles, sino porque la memoria, lejos de ser frágil, es selectiva: fija lo que no quise guardar y deja ir lo que esperaba conservar
lfgc ©
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