Primero se acaba el helecho que el marrano
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
El debate sobre los precios dinámicos se presenta como algo técnico: un algoritmo ajusta el precio según la demanda, la oferta es rígida, el mercado respira. Ese mecanismo aterriza en las boletas del Mundial. El precio no es un cálculo: se paga por mostrarse.
Desde Colombia nos decíamos: “vamos al Mundial, tenemos familia en USA”. Y la misma familia allá nos advirtió: “no vengan; es costoso, ni nosotros vamos a ir al estadio”. No por falta de dinero, sino por contención. Hay precios que no se pagan por dignidad. Cuando un sistema cobra lo que quiere, cuando quiere, la sensación es de abuso.
Para el negocio el precio dinámico es un mecanismo eficiente para asignar un recurso limitado. Pero el comprador común no piensa en escasez; piensa en coherencia. Si ayer una camisa costaba 200 y hoy vale 120, el que compra siente que, con ambos precios, lo están tumbando. Y cuando un tiquete sube 40% entre refrescar la página y sacar la tarjeta, se erosiona la confianza.
El algoritmo procesa clima, hora, historial, competencia, inventario. Cambia el precio como cambia el semáforo. El precio deja de ser una señal de valor —para el comprador, no para el vendedor— para convertirse en una de fuerza; el mercado deja de ser intercambio y se vuelve imposición.
Y está la resignación. La gente paga lo que le piden, porque “así es el mercado”. En Colombia lo resumimos con una frase: primero se acaba el helecho que el marrano. Esa docilidad es parte del modelo.
Por eso mejor no ir. No por imposibilidad, sino por no prestarse. Cuando Gianni Infantino, presidente de la FIFA, dice que si las boletas fueran más baratas alguien las compraría para revenderlas y quedarse con la diferencia, aprovecha la emoción y justifica la extracción. El precio no sube por escasez, sino por poder. Si usted no paga, otro pagará; y si nadie paga, igual ganan. El acaparamiento deja de ser delito para convertirse en modelo de negocio.
El precio dinámico queda, en últimas, legitimado por la gente. La especulación funciona.
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