Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
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"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

julio 12, 2026

Extimidad

 

Extimidad: lo íntimo que se nos escapa (y lo que entregamos)

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

La intimidad —ese cuarto cerrado donde uno es la versión menos editada de sí mismo— se abre, y ahí aparece la extimidad: lo que uno no decide mostrar y, sin embargo, se ve.

La intimidad se exterioriza en gestos: la forma de acomodar la silla, el silencio antes de responder, un tic cuando algo preocupa, revisar el celular como quien palpa monedas en el bolsillo. Movimientos que no buscan revelar, y revelan.

También está la extimidad del lenguaje. Un “ya veremos” que es una retirada. Un “tranquilo” que intenta ordenar un mundo interior que no lo está. Un “ahorita” que aplaza lo que uno no quiere enfrentar.

Palabras como postigos: no muestran la casa entera, pero dejan ver lo que hay adentro.

Los objetos personales son extimidad pura: la libreta de notas, el llavero que sigue ahí sin abrir ninguna puerta, la foto que nadie ve pero organiza la memoria, el correo archivado que no se borra porque sostiene algo. Son íntimos, pero viven afuera.

La extimidad también es vínculo. No mostramos lo íntimo: se nos nota. Un amigo entiende que algo pasa por la manera en que uno escribe “hola”. Una pareja percibe el cansancio en la forma de cerrar la puerta. La complicidad nace en lo íntimo que se vuelve exterior para otro sin que uno lo fuerce.

La intimidad exhibida

La vida digital convirtió la intimidad en un material editable. La foto del desayuno, el estado emocional convertido en historia, la opinión lanzada al aire. El sistema pide; uno entrega.

Ya no controlamos la intimidad. En la letra menuda del “acepto”, la intimidad queda cedida al universo virtual. Lo que era un cuarto con rendijas ahora es un ventanal abierto.

La extimidad circula como fuga o como transacción. La selfie pensada, el texto corregido, la frase ingeniosa son versiones pulidas de algo que empezó siendo cuarto privado. Y mientras más brutal la exhibición, más interés despierta.

Aceptar que lo íntimo se exhibe —y que al exhibirse se transforma— es una forma necesaria de lucidez: en la pantalla, el otro asume que uno es lo que se muestra. Ante eso no hay reclamo posible.

Conviene desconfiar tanto de los gestos que se nos escapan como de la maquinaria que convierte la intimidad en contenido, en dato, en mercancía. La extimidad cotidiana es humana; la extimidad digital es un sistema que aprende de nosotros más de lo que quisiéramos admitir.

La manera más humana de estar en el mundo sigue siendo esa: no del todo adentro, no del todo afuera. Solo que ahora la ventana la diseñó otro, y uno cree que es el que decide.

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Este pequeño ensayo no nació de una lectura sistemática ni de una intención teórica. Surgió de una observación mínima —un gesto, una frase, un párrafo encontrado al azar— que me hizo pensar en cómo lo íntimo se escapa y cómo, sin darnos cuenta, lo entregamos. No pretendo descubrir nada nuevo: apenas señalar un fenómeno que todos vivimos y que rara vez nombramos. Si este esbozo provoca curiosidad en quien lo lea, habrá cumplido su único propósito: mirar juntos algo que estaba ahí, a la vista, pero sin ser visto.



 

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