Huellas del Mundial 2026
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
Volver a ese barco oscuro de Jon Fosse, el poeta, o a la
canción de Bjørn Eidsvåg. Pero ahí estoy: sentado, sin prisa, sin persona
encima. Solo agua, solo movimiento leve. Una calma que no pide explicación.
Y en esa misma calma aparece el río. Ese fluir que atraviesa
la vida sin hacer ruido. Lo escucho y me reconozco en esa limpieza que no es
milagro, sino descanso. En esa luz que pasa por médula y huesos —marg og bein,
dice la canción— como si supiera dónde detenerse.
Noruega llegó sin plan, sin viaje. Llegó por un Mundial que
ya no importa. Con una canción, con un poema. Llegó por esos remeros que nos
llevaron a todos por un rato en la barca que surgió en los estadios, en las
calles. Aprendí sus nombres, sus paisajes, sus voces. Y aunque los remos de la
vida no me llevarán hasta allá, algo de mí estuvo en sus fiordos tanto como en
las costas de Cabo Verde, esa otra aparición divina por lo humana.
Cabo Verde llegó por el mar, por el amor a una patria. Y se
conectó con Noruega y con Colombia, la mía, por el agua que une lo distante.
Basta con eso: un barco oscuro, un río que limpia, un país
que se vuelve emoción sin haberlo pisado. Y que todo fluya donde tiene que
fluir.
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Lo positivo es que aprendí sobre Noruega, leí alguno de sus
poetas, escuché algo de su música, me emocioné con sus paisajes. No iré hasta
sus ciudades y su territorio, los remos del corazón me tuvieron allí.

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