Crónica. Fortuna o encarte
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
La fila avanza despacio, para dejar en ese papel azul un
pedazo de su casa. El edificio, al frente, tiene ya la marca: un círculo
amarillo con una D dentro. La letra basta.
Mientras nos inscribíamos en la lista de afectados, alguien
se acercó con una botella de bebida hidratante. La aceptamos. No así otras
cosas que agradecimos diciendo que no eran necesarias. Es un derecho,
replicaron: hay que tomarlas. En esos momentos la solidaridad toca por
protocolo.
La conversación en la fila evitaba la herida. Quien me precedía
resultó ser dueña del apartamento sobre el mío, de cuya existencia no tenía
idea, ni ella de la mía. Se hablaba del momento, de cómo lo vivió, de si el
edificio podría rescatarse. La mente resolvía con el deseo. Pero la marca
amarilla está ahí, quieta, sin emoción.
Hubo un instante, breve, en que la memoria se abrió.
Recordamos que allí vivimos un tramo de la vida. Fue una punzada limpia, como
si el cuerpo reconociera un territorio que todavía le pertenece. La emoción
alcanzó a aparecer. Apenas un instante. Después volvieron la fila, el trámite,
la ciudad.
El recurso de “para otros es peor” suena artificial. Aquí no
hay escalas: cada quien pierde lo suyo, y lo suyo es suficiente.
En una semana alguien dirá que esa basura estorba, que hay
que moverla, que hay que pagar por ello. Lo íntimo se vuelve obstáculo.
Por eso pienso que los amigos que se hacen solidarios no
deberían gastar en comida. Toneladas de alimentos llegan. “De hambre
nadie se muere habiendo qué comer”, decía mi madre. Lo que realmente se quiebra
es otra cosa: el ingreso, el trabajo, la continuidad. A opinar un poco de dinero para
quien se quedó sin empleo, para quien deberá cerrar su negocio, para quien
enfrentará los gastos específicos que la vida, irremediablemente, exige.
La vida no se detuvo. No lo hace nunca.
A eso lo llamamos fortuna, aunque —según se mire— también
podría llamarse de otra manera.
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