Leí el libro de Alfonso Ramirez Gómez, Relatos del tío Ramón, de manera deferente, sin ánimo de reseñar. Entre amigos basta con agradecer y dejar que las historias hagan su trabajo. Disfruté esas voces —no desconocidas— de montaña y de pueblo, de tiempos que todavía se alcanzan a oír cuando uno afina el oído y se queda quieto. Nuestra generación creció con relatos míticos de padres y abuelos: cuentos que no pedían explicación, pero que traían escondida una enseñanza, una advertencia. La patasola se aparecía a los hombres díscolos; la tierra se abría para tragarse a los malos hijos; el putoerizo mostraba la ambición disfrazada de necesidad y sus riesgos.
Y aquí asoma la ironía: hoy, en medio de tanta modernidad, uno casi extraña ese abrirse de la tierra, ese castigo divino, ese temor de Dios que mantenía a raya la soberbia. Eran tiempos duros, sí, pero también tiempos donde el mundo hablaba claro. Nos tocó la evolución: el rompimiento de la educación dogmática, la modernización de la acción y del pensamiento. Empezamos a mirar las cosas con otros criterios y a contradecir padres y maestros, como si la realidad nos pidiera ensancharla. Al leer, pensé en mis sobrinos, cuyo pasado es tan breve que se funde con el futuro en un presente fugacísimo. ¿Qué contarán ellos a sus hijos? ¿Qué universo mítico poblará sus memorias?
Será, supongo, uno de animes, mundos digitales, héroes de pantalla. O quizá alguna chispa —mínima, persistente— de estas historias de pueblo que todavía sobreviven en las sobremesas.
Algo quedará. Siempre queda algo: una sombra, un brillo, un rumor que se convierte en cuento. Un abrazo desde el corazón.
Lfgc
Epicuro
"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago
Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.
octubre 04, 2026
Relatos del tío Ramón
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