Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
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"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

octubre 20, 2026

Robespierre o la Revolución francesa

 

Robespierre o la Revolución francesa

19 oct 2026 · @Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Olvidaba que en todo combate entre el fanatismo el sentido común, pocas veces logra este último imponerse.

Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano

 

Algo me lleva a buscar una biografía de Maximiliano de Robespierre.

 Quizás un documental, una visita a la plaza de la Concordia o la inauguración de los Juegos Olímpicos de París que puso la guillotina en coreografía, que volvió la sangre luz y de las cabezas cortadas hizo metáfora. Sentí escalofrío. La violencia como espectáculo, la memoria expectorando imágenes para televisión.

 Pero la historia no fue cómoda.

 La guillotina no fue arte.

 La revolución no fue un carnaval, por mucho que la hubieran adornado de festividades.

 Fue miedo.

 Fue purga.

 La virtud, definida por la razón fanática, debía imponerse a cualquier costo.

 

En la biografía de Peter McPhee, Robespierre aparece como un hombre sin pliegues. Sin amores, sin ambiciones íntimas, sin contradicciones visibles. Pasar de oponerse a la pena de muerte a imponerla no fue contradicción sino desarrollo: un hombre que se convierte en función, en símbolo, en guardián de una pureza que exigía sacrificios. Y, sin embargo, McPhee intenta suavizarlo al atribuir el Terror no a él sino a la Convención, como si el arquitecto de la virtud hubiera sido un espectador de sus propias ideas.

 Invocar “bienes superiores” es el manual de cabecera de toda tiranía. No todo sacrificio por un bien superior lo es, pero sí el que se sustrae a todo límite y a toda rendición de cuentas.

 Los derechos del hombre que proclamó la revolución se hicieron constituciones que no pudieron domesticarla. La de 1791, nacida para limitar al rey, fue inútil desde el primer día. La de 1793, radical y democrática, fue suspendida sin estrenarse: el gobierno se declaró “revolucionario hasta la paz” y la guardó en un cajón. La de 1795, ya sin Robespierre, duró cuatro años, hasta que el Directorio se desplomó. La del año VIII abrió el Consulado y, con él, la puerta al regreso de la monarquía bajo otro nombre. Cuatro constituciones en ocho años. Cuatro promesas. Cuatro intentos de fijar en papel lo que la calle deshacía entre guerras y conspiraciones.

 La revolución terminó en un nuevo monarca. En un poder que se justificó diciendo que venía a salvar a Francia del caos que la propia revolución había creado.

 A gritos de tirano, la Convención puso la cabeza de su líder en la misma cesta en que había echado la del rey depuesto.

 

La historia es insistente: el poder encuentra la manera de volver a su forma más cómoda.

 La plaza que fue de la Revolución: turistas, bicicletas, fotos, risas. Nadie piensa en las cabezas que allí cayeron. Nadie imagina el olor de la sangre, ni menciona la multitud que miraba. La plaza es un espacio de tránsito, no de conciencia. La plaza con otro nombre y con su obelisco egipcio puesto allí para distraer.

 La historia no apuesta por la libertad ni por la igualdad; apuesta por el poder. Y el poder, como tal, siempre busca reemplazo. La revolución no es un camino hacia la justicia, sino el mecanismo con que una élite sustituye a otra. La guillotina es trámite. La plaza no es memoria, sino olvido.

 

Este patrón no pertenece al siglo XVIII.

Pertenece a cualquier siglo. A cualquier país. A cualquier momento.

A Julio César lo agarraron a puñaladas hombres movidos por la convicción de que la República debía ser salvada de sí misma.

A Bolívar, que justificó la violencia (la Guerra a Muerte) y el autoritarismo (la dictadura de 1828) en nombre de la libertad de un continente, trataron de asesinarlo en su cama; no lo lograron con su cuerpo, sí con su espíritu.

Otros purgan a millones para “preservar” la revolución, o vacían ciudades para regenerar al pueblo.

 

El discurso cambia. La estética cambia. La tecnología cambia.

Pero la idea de que el poder es un bien superior que debe ser protegido a cualquier costo permanece.

Hoy igual, los líderes desatan guerras preventivas, se autoproclaman salvadores, quieren poner su nombre a los mares, envuelven en dorado de pacotilla sus despachos como si el brillo pudiera ocultar la sangre y la destrucción.

Que el mecanismo sea la sustitución de élites no vuelve falso lo que se cuela por sus rendijas. Quizá la libertad y la igualdad no sean destinos, sino subproductos de una disputa de poder: momentos breves, frágiles, como luces entre dos tormentas. No son la apuesta de la historia, pero suelen ser la apuesta de los hombres. De algunos hombres. Y el alimento de sus ambiciones.

 

La revolución sigue allí; miramos —o dejamos de mirar— lo que la violencia hace cuando se vuelve necesaria para servir a la idea.

 La pregunta que nos queda después de leer, ver, caminar es: ¿se puede evitar que el poder vuelva a disfrazarse de virtud?

 ©


 

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