Entre Aguachica, Cesar y El Banco, Magdalena, hay como
trecientos kilómetros de carretera irregular. El viaje dura algo así como cinco
horas en que el tablero del vehículo anuncia 32 grados afuera. Ubicado en la
depresión Momposina, a 25 metros sobre el nivel del mar, al pueblo del que nos dijeron
tenía cuarenta mil habitantes en la zona urbana. llegamos un poco antes de mediodía.
Fuimos directo al viejo puerto desde
donde zarpaba la piragua de Guillermo Cubillos. El paisaje del río es hermoso. Miramos desde la puerta el
interior de la iglesia catedral, una construcción no muy grande pintada de
blanco, ocupada en ese momento por un encuentro de colegio previo a la semana
santa. Niños y niñas muy lindas de piel color majagua -solo en este momento
aprendí que este color es el color café oscuro del agua del rio- con sus
uniformes impecables salieron de la iglesia y se reunieron alrededor de una
venta callejera de dulces donde yo estaba. Les pregunté por Simón Bolívar (El
Banco fue recorrido obligado de sus andanzas) y no sabían nada. Una profesora
salió en su auxilio con suerte regular y entre todos distrajeron mi atención
con un monumento que hay al frente sobre La Batalla de la Humareda, uno de
tantos conflictos de este país a finales del siglo XIX, del que nada sé, rematado
en su base con una frase de José María Vargas Vila, escritor que fue de mi
interés en tiempos lejanos: “"El Banco, puerto inmortal, tú guardas las
cenizas del más tremendo incendio, los despojos de la más recia borrasca. Tú
eres para la patria un altar de recuerdos y de gloria y de enseñanzas sublimes.
A ti vendrán las generaciones futuras, para retemplar el patriotismo y cuando
quieran aprender que sólo se es esclavo si se quiere y si falta valor para
morir." Retórica nunca hecha realidad, pensé. Pobre monumento a generales pobres que ganaron la batalla perdiendo todo a cambio. Aprendí velozmente que La Humareda fue el fin de la constitución de Rionegro y el principio de la de 1886 que duró hasta 1990. Esta es hoy una colcha informe de retazos.
Comimos dulce de mamona y alguno otro y
apareció Ciriaco, un joven de unos veinte años que se ofreció a darnos un
recorrido y hablarnos del pueblo. Lo seguimos a la estatua
del compositor José Barros; al parquecito de árboles centenarios a la orilla del rio al que ya se
lanzaban de cabezas los chicos recién salidos de la iglesia. Nos quiso mostrar
la casa de Barros pero está cerrada al público ocupada por una señora con seis
perros. Nos contó que el temible José Albundia solo fue un recurso
del compositor. Entramos a las oficinas del puerto -escaso rezago
de lo poquísimo colonial que se conserva- y luego a la casa de un
sobreviviente de las épocas del rio de que habla la canción aquella. Una señora
nos vendió helados y sombreros. Nos hablaron del festival de la cumbia, evento central del pueblo. Y recordamos la novela de García Márquez, El Amor en los tiempos del cólera: "Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo", cuando ya para salir vimos el amor en una pareja que se besaba, ajena a todo, bajo el árbol en una banca frente al rio.
Al terminar con Ciriaco uno de los compañeros
de viaje le dio un billete y los demás quisimos hacer lo mismo, pero él nos
contestó con la seguridad de un hombre bueno: “No, gracias, con esto es
suficiente”. Nos dejó en la puerta del mejor restaurante del pueblo en donde
nos sirvieron un sorprendentemente exquisito churrasco y salimos a caminar los
escasos -y tremendos- sesenta kilómetros que llevan a Mompox.
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