Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
¿volverá la maldita primavera?
—Canción
¿En qué momento y en qué lugar se
interrumpen los vasos comunicantes? Me han oído decir que mi generación ha sido
testigo de todo. Que la hemos vivido a caballo en tres siglos.
El siglo XIX terminó a finales de los años cincuenta y en definitiva en los
sesenta. El XX duró cuarenta años de crecimiento exponencial del conocimiento; el surgimiento de la internet, los cambios sociológicos. Diciendo hacernos más humanos hemos arrasado la humanidad, equivocado y perdido la auto comprensión, igualado la desigualdad, acabado con la naturaleza. La palabra dominante -dicen- que era deber, derivó en una nueva que es poder. El poder lleva la auto explotación a límites desconocidos: conectados, disponibles siempre, maleables, intrusos, esclavos mercadeables, en todo caso mercansibles.
Pero pensaba en otra cosa. Al observar
mi entorno sin solicitud previa y sin aviso, expongo de golpe,
como la gran cosa, el paradigma de vida de mi padre dicho por él sesenta años atrás en pocas
palabras: vivir por y para su familia; orgulloso de ello y por ella, sus
ilusiones, sus ambiciones, sus sueños, quedaron realizados sin lugar a duda. Afirmación hipotética: todo padre es un desconocido. ¿Has sido feliz?, le pregunté un dia. Si. Me respondió sin vacilar.
Mientras hablo recorro con
la mirada el auditorio. Ausentes los más, atento alguno, indiferentes todos,
cierro la página y me retiro sin provocar comentario ninguno. Pienso entonces,
hundido en el universo de mi copa, que estoy en la cabeza de la carrera de acceso
al paraíso y que las que fueron inmutables leyes para mi padre y marcaron mi
vida, no tienen por qué tener significado igual -ni parecido- para aquellos a quienes el siglo XXI les muestra un presente y un futuro diferente y
también diverso. Ni para nadie. Aunque un mínimo de valores tendría que sobrevivir. Aunque debería detenerse la autodestrucción.
No tengo que darle la espalda a la vida, es que la vida no
se levanta para saludar -lo hace de lejos si me dejo notar- y cada vez me veo más como una pila cuya carga dura menos y pronto no volverá a arrancar.
Todo es más veloz para los de este tiempo y mucho, muchísimo,
más solo. Se difumina el diálogo, se hace inexistente o circunstancial. Lo que no es tabú es controlado. El narcisismo impone lo "yo" como tema único, los rostros caen sobre el pecho. Vivir por y para sí hace la existencia una oscuridad interior iluminada por fuera desde la pantalla.
Tal vez el símil de los vasos
comunicantes no sea afortunado. Tal vez sí, no lo sé. El conocimiento no es un liquido
homogéneo ni las presiones las mismas en todo el sistema. El flujo no está diseñado para contenerse sino para escapar. Todo momento se percibe concesión. Debo contar diez veces hasta
diez, la próxima vez que quiera verter algo dentro de él, partiendo de un quédate callado. Siempre he dicho si, antes de un
eventual no. Será un no, antes. El cuerpo, pavesa en formación que marcha con sus setenta y cinco
kilogramos cada paso, hace pausas. La voz no es un aporte, ni el silencio. Nadie quiere oirse hablar.
Ni existe obligación de ser el mismo que fui hace un minuto
.
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