Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Recorría el supermercado buscando unos bocadillos veleños y los encontré. Como siempre, una caja de madera primorosa, el color tradicional. Demasiado perfecta, pensé. La caja era de cartón imitando a la original y forrada en celofán, supuse que por alguna razón de costos ya no usaban las tablitas tradicionales y aunque los bocadillos vienen envueltos en hojas secas, son muy regulares. Pero no, en letra muy pequeña dice: fabricado por Incauca etc., una gran industria del Valle del Cauca. Regresé y más abajo en la misma góndola estaban los de verdad, los de Velez-Santander, los de siempre, en la cajita de madera, desiguales, asimétricos, artesanales, atados con una cabuya delgada. ¿Por qué una compañía enorme, propiedad de alguna de esas familias dueña de todo, arrasa el mercado de la gente que vive de ello en un pueblo perdido? No lo entiendo. O si: por avaricia. Pero uno no debería apoyar el despojo comprándolo. Como no debería apoyar las montañas de basura plástica llevando cocacola. No les duele nada y tienen una explicación para todo: "la culpa es del consumidor" dice un ejecutivo de esta empresa en un documental de DW. Ni les duele ni tienen vergüenza.
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