Van a ser las once de la noche de un día cualquiera de este 2020 en que todos los días se parecen, en que nos obligamos a estar encerrados sin necesidad de demasiados arreglos personales, comiendo y más que vegetando, avejentando velozmente. El corazón tiene sus vientos que lo sostienen, como esos cables a los postes, pero tienen que estar lejanos, invisibles. Se van, juntas, la fe y la esperanza, mientras se hace la maqueta de un mundo nuevo que pretende que vayamos enmascarados y alejados. Un mundo en que deberemos entrenar los codos para pulsar botones, para abrir con ellos las puertas y para saludarnos sin caricias y sin amor. Un mundo sin besos, sin manos y sin abrazos en que los pies también son sospechosos igual que cualquier proximidad. Un mundo surrealista, es decir irracional y absurdo en que al mismo tiempo que encerrados tenemos que sobrevivir en la normalidad. Encima de la cama y debajo de ella al mismo tiempo. Yo quiero amar más, no menos. pero para ello necesito de miradas, de voces, de compañía, de aliento. Y de recursos. Si no hay eso nos haremos autómatas dirigidos por los decretos de alguien, sin libertad pero con obligaciones. El pleno ensayo Orwelliano.
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