Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Antes existía un respeto diferente por los muertos. Uno de mis primeros recuerdos fue la muerte de un señor que se llamaba don Aurelio Hoyos, que vivía en la casa diagonal a la nuestra, ambas esquineras. Como era niño, fue hace mucho tiempo, me filtré en su casa entre los mayores; los muertos se velaban en las salas de las casas entonces, no en funerarias. El señor era importante y su familia y todo el pueblo pasaba por allí de riguroso negro y traje. Cerraban todas las ventanas de la casa y volteaban los cuadros. Lloraban de verdad. Al otro día, supongo que se llama velorio porque el ataúd se rodeaba de velas, era el entierro después de una misa de réquiem con curas vestidos de negro, agua bendita, despedida en la puerta y lento caminar hasta el cementerio. Nada más ceremonioso. Muchas de las composiciones más brillantes son las Misas de Réquiem. Escuchar la de Mozart es impresionante, no la imagino en medio de la ceremonia.
En la noche, se rezaba la primera novena. Iba mucha gente porque las familias eran grandes. Las ventanas y postigos permanecían cerrados y el luto se extendía por meses, años y a veces de por vida. Esta casa en particular tenia corredores alrededor de un patio central lleno de flores. No vayamos hasta la antigüedad cuando toda la vida no era más que alistar el entierro y los poderosos tenían como objetivo fijo construirse sus tumbas que resistieran al paso del tiempo.
Suponemos que tenemos un alma, o una energía que nos mantiene y que al morir se separa del cuerpo. Esa alma, atman, o energía permanece por un tiempo en su lugar de siempre, antes de hallar su camino, no sabe que su cuerpo ha muerto, empieza a enterarse, ve cómo no cuentan con él, cómo no ponen su plato en la mesa y sus cosas son tomadas, y van desapareciendo. Los tibetanos llaman esto el bardo de morir y según el libro tibetano de los muertos tiene una duración de entre tres y seis semanas, entre 21 y 42 días, más cerca al límite superior. Las católicos al menos concedían aquellos nueve días.
Ahora conmueve la velocidad con que ocurre todo. Cuando murió mi tía a eso de las cinco de la tarde, todos los arreglos los hicimos en tres horas y a las diez de la noche estaba convertida en la tierra en que te has de convertir. Todo es veloz y superficial. No es tan indispensable la carrera aunque es fácil justificarla. Las cosas del difunto son tomadas de inmediato, botadas, repartidas, despreciadas.
Tenemos afán de vivir, no vamos a perder horas gestionando deshechos biológicos, pero si tenemos una guerra contra una enfermedad, huimos de ella encerrándonos como si siempre no hubiesen existido, como si siempre no fueran a existir. Como si siempre no fueran a ganar la guerra aunque pierdan una que otra batalla con la ciencia.
Algunos vemos luz adelante del túnel y no nos gustaría, a nuestros espíritus no les gustaría, que los desaparecieran a velocidades supersónicas coherentes con la velocidad del olvido. Yo, estando por ahí, les halaré las patas.

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