Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
[Hace un año, justamente por estos días, tenía la sensación y la creencia de que no sobreviviría al mes de Enero. Ningún médico me dijo que me quedaban unos meses de vida pero yo asumí que así sería. Pero bueno, el partido no acaba hasta que se juega la última bola. No lloré ni me desesperé. "La muerte no me asusta", le dije a cada doctor, y alguno me respondió "ya te asustará". Pero lo tengo claro: he vivido lo suficiente y bien vivido, y la muerte es el precio de la vida; nada especial por tanto. Aquí estoy. Bien salvo lo que aún tienen que poner otra vez en su sitio tan pronto pueda el hospital.
A lo largo de la vida uno se pregunta o alguien lo hace en son de juego ¿qué harías hoy si supieras que mañana morirás? Y uno fabula entre chistes un montón de cosas imposibles. Desde hacerse un banquete como Trimalción hasta ir a Benarés a sentarse bajo la higuera de Buda.
A la larga, cuando pasa, no hace nada: si está en condiciones se levanta a seguir con la misma rutina y esperar el abrazo de la parca. Más, este año extraño.
He estado bien atendido y rodeado de amor por todas partes. Extraño, claro, los encuentros familiares, el trabajo con los amigos, la oficina, los cambios de rutinas, las comidas entre compañeros con un buen vino y unos tequilas más tarde. Las fiestas familiares con músicos al gusto. Un café solitario en juan valdez o unas cervezas subrepticias, y también solitarias, de paso en algún bar en el camino a casa. Con el tiempo los amigos se hacen más escasos aún, y más reticentes. Se nos hace carísima la cuenta del bar al que, además, a la mujer no le gusta ir. Y el inefable dolor de cabeza.
En todo caso forzado a estar en casa me levanto una hora más tarde, me lleno de libros y me arropo el calor de los míos que nunca se enfría. Y ahí estoy -entre estoico y escéptico- en el camino y sin estorbar, creo, todavía. Parezco tener un mañana y sigo como san Francisco de Asís: "Quiero poco y lo poco que quiero lo quiero poco". En fin de cuentas todo es día por día. Trabajo mucho de ocho a cinco y luego me deleito con el libro de turno, el jazz suave que llena los sentidos y un buen café o un buen vino, ya que copisoliar aguardiente si no aguanta]
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